
Narrar con máquinas: IAg y la reciente experiencia en los documentales interactivos
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Los documentales interactivos han redefinido la relación entre espectador y narrativa audiovisual al habilitar exploraciones no lineales y participación activa. La irrupción de la inteligencia artificial generativa (IAg) no solo ensancha las posibilidades técnicas, sino que incorpora una dimensión relacional algorítmica: sistemas que interpretan, generan y reconfiguran la experiencia en tiempo real. Este artículo analiza el impacto de la IAg a partir de dos casos paradigmáticos:
En la última década, los documentales interactivos han transformado profundamente la relación entre los espectadores y las narrativas audiovisuales. Al incorporar herramientas digitales, estos dispositivos narrativos han habilitado experiencias no lineales, rutas múltiples de exploración y una participación activa del usuario, configurando recientes formas de interacción dentro del ecosistema documental. Este giro interactivo también ha implicado transformaciones éticas, sociales y epistemológicas, al abrir el espacio documental a procesos colaborativos, horizontales y sensibles al contexto.

Como realizador, académico e investigador, he explorado este potencial en obras como
No obstante, actualmente nos situamos ante un giro tecnológico y conceptual: la irrupción de la inteligencia artificial generativa (IAg). A diferencia de las estructuras interactivas clásicas, en las que las decisiones del usuario se limitan a seleccionar entre opciones preconfiguradas, los sistemas generativos introducen elementos de imprevisibilidad, personalización radical y producción automatizada de contenidos en tiempo real. Esto plantea una transformación sustantiva: ¿seguimos interactuando con narrativas o estamos comenzando a relacionarnos con inteligencias artificiales que co-crean, interpretan y reconfiguran nuestra experiencia documental? Este cambio puede comprenderse también desde una perspectiva tecnopoética, en la que los recursos técnicos y creativos se entrelazan para dar forma a experiencias documentales con una poética propia de las tecnologías que las sostienen.

Este fenómeno implica un giro decisivo: ya no se trata únicamente de interacción puntual, sino de establecer relaciones dinámicas con sistemas que aprenden, predicen y adaptan contenidos en función del comportamiento del usuario. En consecuencia, surgen interrogantes fundamentales para la teoría y la práctica documental: ¿cómo redefine la IAg la producción y el consumo de documentales interactivos? ¿Estamos transitando de la interacción con contenidos a una relación con inteligencias artificiales que co-crean y personalizan las experiencias? ¿De qué manera podemos asegurar que la búsqueda de personalización no comprometa la credibilidad y el compromiso crítico del espectador? ¿Qué papel asume el público en este ecosistema en recomposición donde la interacción narrativa se reparte entre humanos y algoritmos?

Para abordar estas preguntas, este trabajo propone el análisis comparativo de dos casos paradigmáticos:
Ambas obras ilustran formas contrastantes de experimentar el documental interactivo: una desde una lógica relacional y participativa, en la que el espectador configura su recorrido entre fragmentos reales; otra desde una lógica generativa, en la que el sistema produce una experiencia audiovisual adaptativa. Esta comparación se apoya en el marco conceptual propuesto por Sandra Gaudenzi (2013), quien distingue entre modalidades relacional, conversacional, participativa y experiencial del documental interactivo. Este marco permite observar cómo se redistribuyen las funciones de autoría, verdad y participación en el contexto de la automatización creativa.

Desde una metodología cualitativa y comparativa, este estudio busca no solo describir estos fenómenos, sino contribuir a la discusión sobre cómo diseñar relaciones responsables entre creadores, espectadores y sistemas de IA, que fortalezcan el potencial crítico, ético y testimonial del documental interactivo en tiempos de acelerada automatización narrativa.

Desde sus primeras formulaciones, el documental interactivo ha desbordado los límites de la linealidad para proponer al espectador no solo como receptor, sino como interactor activo en la construcción del relato. Sandra Gaudenzi (2013) define el documental interactivo como 'una forma de documental que utiliza la interactividad como una expresión narrativa central, permitiendo que el espectador participe en la configuración de la experiencia'. Esta participación puede manifestarse en múltiples niveles: navegación, selección de contenidos, orden de visualización o incluso mediante contribuciones propias del usuario.

Según Aston y Gaudenzi (2012), este tipo de documental se inscribe dentro de una ecología participativa, en la que el usuario se convierte en una suerte de autor-partícipe, dando lugar a recientes formas de compromiso ético y político. No se trata únicamente de una expansión formal del lenguaje documental, sino de una reconfiguración de las relaciones de poder en el relato, donde el acceso, la interacción y la multiplicidad de voces se constituyen como ejes estructurantes.

La llegada de sistemas de inteligencia artificial generativa (IAg), como los modelos de lenguaje (GPT), los generadores visuales (DALL·E, Midjourney) y los motores de personalización narrativa, ha introducido una dimensión emergente en la producción documental: la capacidad de generar contenido audiovisual en tiempo real a partir de entradas humanas, estableciendo así una relación dinámica entre usuario y máquina. Autores como Kate Crawford (2021) advierten que esta infraestructura no es neutral: responde a sistemas de entrenamiento, modelos algorítmicos y estructuras socioeconómicas que condicionan sus salidas. En contextos narrativos como el documental, la IAg no solo amplía las posibilidades expresivas, sino que introduce una capa de interpretación automatizada que puede afectar la integridad del relato.

En este reciente escenario de creación documental, la figura del autor ya no se limita a controlar los medios ni a definir unilateralmente la narrativa; más bien, se configura como un co-diseñador que colabora con sistemas algorítmicos capaces de intervenir activamente en la generación de contenidos. Las inteligencias artificiales generativas introducen formas no humanas de creatividad que, lejos de ser herramientas pasivas, participan activamente en la construcción de la experiencia narrativa.

Como señala Manovich (2013), 'Los objetos de los recientes medios no solo se consumen; también se crean en colaboración con algoritmos e interfaces', lo que implica una transformación profunda tanto del rol del creador como del espectador, quienes comparten ahora el espacio de interacción con sistemas técnicos capaces de interpretar, proponer y adaptar contenidos en tiempo real. En este sentido, la IAg no es un simple soporte tecnológico, sino un interactor narrativo con capacidad de aprendizaje y producción simbólica, lo que obliga a revisar los fundamentos del documental como forma de representación del mundo. En este sentido, la IAg puede analizarse como parte de una tecnopoética contemporánea, donde las interfaces, los algoritmos y el diseño narrativo configuran estéticamente la experiencia documental.

En el documental interactivo clásico, la participación del espectador reside en su capacidad de decisión: recorrer caminos, configurar recorridos narrativos y construir significados propios dentro de una arquitectura diseñada por el autor. Sin embargo, la personalización algorítmica introducida por la IAg transforma esta interacción en una relación adaptativa, donde las elecciones del usuario son interpretadas y respondidas por la máquina de formas no siempre previsibles ni transparentes.

Según Rouvroy y Berns (2013), estos sistemas tienden a desplazar la deliberación crítica en favor de una 'gubernamentalidad algorítmica', en la que las decisiones se automatizan con base en perfiles de comportamiento y datos históricos. En el ámbito documental, esto puede traducirse en recorridos narrativos personalizados que refuerzan creencias previas del usuario, limitando su exposición a lo inesperado o desafiante.

En este sentido, se vuelve crucial discutir no solo cómo se construyen estas relaciones, sino qué margen de interacción crítica se preserva para el espectador frente a una IAg que interpreta, selecciona y construye contenidos en función de sus datos personales.

Uno de los pilares del documental ha sido históricamente su vocación de veracidad. Aunque este principio ha sido objeto de debate (Nichols, 1991), se mantiene como un valor normativo fundamental en la producción y recepción del documental. La integración de IAg, capaz de producir imágenes hiperrealistas y narrativas coherentes aunque ficticias, tensiona profundamente esta dimensión ética.

En palabras de Joanna Zylinska (2017), en la era de la automatización es urgente desarrollar una 'ética mínima para la imagen técnica', en la que la responsabilidad no se diluya entre humanos y máquinas, sino que se rearticule en función de su interdependencia. Aplicado al documental interactivo, esto implica una necesidad urgente de transparencia, trazabilidad y conciencia crítica sobre los procesos de generación automatizada de contenidos.

La coautoría algorítmica, si no se problematiza, puede desembocar en una delegación excesiva de responsabilidad narrativa a sistemas no conscientes, lo que pone en riesgo tanto la credibilidad del documental como la relación de confianza entre realizador y espectador.

El cruce entre prácticas artísticas y tecnologías digitales ha sido abordado por Claudia Kozak bajo la noción de tecnopoéticas, entendidas como operaciones estético-políticas que exploran, intervienen y tensionan las materialidades técnicas de su tiempo. En
En paralelo, Flavia Costa propone el concepto de tecnoceno para describir el régimen histórico en el que los algoritmos y plataformas organizan prácticas de vida, percepción y producción de verdad. Lejos de un trasfondo 'neutral', estos sistemas constituyen infraestructuras con efectos biopolíticos y epistémicos: distribuyen atención, jerarquizan voces, automatizan decisiones y modelan afectos. Concebir el documental con IAg dentro del tecnoceno implica asumir que cada elección algorítmica desde el conjunto de entrenamiento hasta el diseño de la interfaz produce mundo y, por ello, exige criterios de transparencia, trazabilidad y justicia.

Desde este marco,
Este trabajo se enmarca en un enfoque cualitativo y exploratorio, basado en el análisis comparativo de casos para indagar cómo la IAg transforma la experiencia del documental interactivo. La selección de casos responde a un criterio intencional y teórico, fundamentado en su relevancia conceptual, diversidad técnica y valor ejemplar frente a los cuestionamientos planteados en la introducción.

El estudio articula un método de análisis textual y de experiencia interactiva, apoyado en categorías derivadas del marco teórico. En particular, se retoman las modalidades del documental interactivo propuestas por Sandra Gaudenzi (2013): relacional, conversacional, participativo y experiencial, junto con los conceptos de interacción, co-creación narrativa e interacción del espectador frente a sistemas generativos (Aston &; Gaudenzi, 2012; Manovich, 2013).

Los dos casos analizados
Ambos casos permiten observar contrastes metodológicos y tecnológicos relevantes: uno construido desde el diálogo con comunidades reales y con una narrativa abierta basada en relaciones fragmentadas (
El análisis se estructura en torno a los siguientes ejes:

El papel del espectador/interactor y su grado de participación en la experiencia narrativa.
Los mecanismos de personalización narrativa (manuales o algorítmicos).
La forma en que se configura la co-creación de sentido entre usuario, autor y sistema.
Las implicaciones éticas en relación con la veracidad, la transparencia tecnológica y la autoría.
A través de esta matriz analítica, se busca examinar cómo las tecnologías de IAg no solo afectan el diseño y la estructura de las narrativas documentales interactivas, sino también cómo reconfiguran los marcos epistemológicos y relacionales del documental como forma de conocimiento, testimonio y experiencia sensible.

La organización de los contenidos en
Como señala Sandra Gaudenzi (2013), este tipo de diseño 'transforma al usuario en coautor de su propia experiencia narrativa, desplazando la autoridad absoluta del autor tradicional del documental'. En
Uno de los aspectos distintivos del proyecto es su enfoque metodológico participativo, que incorpora elementos de autoetnografía visual y antropología colaborativa. Las personas migrantes no son tratadas como objetos de representación, sino como sujetos activos que participan en la creación de los materiales, desde el registro de testimonios en primera persona hasta la incorporación de fotografías y relatos propios.

Este enfoque se alinea con una tradición crítica del cine documental que, como afirma Bill Nichols (2017), 'busca dar voz a los sujetos y desmontar las jerarquías del discurso audiovisual clásico'. En lugar de imponer una narrativa cerrada,
La experiencia interactiva en
Esta decisión tecnológica representa una diferencia fundamental frente a los desarrollos actuales donde la IAg actúa como mediadora o coautora. En
La decisión de evitar automatizaciones complejas en
Como plantea Katja Kwastek (2013), en las prácticas digitales se manifiesta una 'estética de la participación' que se opone a la delegación total de la experiencia en sistemas automatizados. Esta concepción también atraviesa
A diferencia de los documentales interactivos tradicionales, donde la interacción se limita a la navegación entre contenidos preexistentes,
Panetta y Burgund (2021) explican que su intención no fue engañar, sino advertir: 'Queríamos mostrar el poder de estas tecnologías para crear realidades alternas creíbles, y lo hicimos de forma transparente, para educar al público sobre sus riesgos'.

El documental se presenta como una plataforma que permite al usuario explorar diversas capas de contenido: archivos históricos, entrevistas, explicaciones técnicas y ejemplos contemporáneos de desinformación. Así, más que una experiencia inmersiva sensorial, la obra se convierte en un ejercicio de alfabetización mediática, donde la interacción principal es el juicio crítico frente a lo que se observa.

Este enfoque se inscribe en lo que William Uricchio (2022) define como documental generativo: narrativas no preescritas que se actualizan o co-crean con base en datos, algoritmos o decisiones del usuario. En este contexto, la IAg no es simplemente una herramienta, sino un interactor narrativo con capacidad de enunciación.

La fuerza simbólica de
Aquí se plantea un dilema crucial: ¿cómo distinguir entre una herramienta pedagógica crítica y una tecnología susceptible de manipulación? Como advierte Hito Steyerl (2017), 'la verdad ya no se basa en la evidencia visible, sino en la plausibilidad algorítmica'. En este contexto, la IAg representa tanto una innovación estética como una amenaza epistémica.

El uso de IAg en esta obra plantea interrogantes recientes sobre la autoría, la responsabilidad y la interacción narrativa: ¿quién firma una imagen deepfake? ¿Cómo garantizar la trazabilidad del contenido generado? ¿Qué papel juega el usuario frente a narrativas que se adaptan o modifican algorítmicamente?

Los creadores optaron por incluir una capa explícita de transparencia narrativa, informando al usuario sobre los procesos técnicos detrás de la simulación. Sin embargo, esta práctica no es universal ni garantiza una recepción crítica. El potencial de la IAg para crear 'verdades alternativas' obliga al campo documental a definir recientes marcos éticos y fomentar una alfabetización crítica en los públicos.

Los documentales interactivos
Los casos comparados concretan tecnopoéticas distintas en el tecnoceno:
En
En contraste,
En
En cambio,
El diseño de
Este tránsito marca el paso de la interacción a la relación: una dimensión emergente donde el espectador ya no es solo coautor o testigo, sino parte de un ecosistema narrativo donde su interacción se distribuye junto con la de sistemas inteligentes.

La comparación entre
En este reciente escenario, la experiencia del espectador ya no se limita a la selección o navegación entre fragmentos narrativos. Ahora implica una relación dinámica con tecnologías capaces de interpretar, adaptar, simular e incluso generar contenidos que problematizan las nociones tradicionales de archivo, testimonio y verdad documental.

Este giro exige una reformulación crítica de lainteracción del usuario, de la autoría y de la ética del relato. La IAg, como se ha observado, posee un potencial expresivo sin precedentes, pero también conlleva riesgos epistemológicos y de manipulación simbólica que no pueden ser ignorados. Su uso en proyectos como
En contraste,
Frente a este escenario, el documental interactivo debe replantearse no solo como obra narrativa, sino como sistema relacional. Esto implica pensar en poéticas y políticas renovadas de la relación, donde la IAg no sea entendida únicamente como herramienta de sofisticación técnica, sino como un actor narrativo y ético cuyo diseño, implementación y visualización deben responder a criterios de responsabilidad, justicia y cuidado.

La irrupción de la inteligencia artificial generativa (IAg) en el campo documental no debe entenderse como una simple extensión técnica de los recursos interactivos, sino como un giro epistemológico, ético y estético que transforma profundamente el modo en que concebimos, producimos y experimentamos el documental. El tránsito de la interacción a la relación, de elegir entre opciones prefijadas a establecer vínculos con sistemas que aprenden, adaptan y generan contenido, inaugura un giro en la historia de las narrativas audiovisuales, marcada por la cohabitación simbólica entre humanos y algoritmos.

Concebir una obra documental con IAg exige repensar los fundamentos de la autoría, la veracidad y la experiencia del espectador. No se trata de delegar la narrativa a una máquina, sino de diseñar sistemas donde la inteligencia artificial actúe como un interactor colaborativo, subordinado a principios de transparencia, trazabilidad y justicia epistémica. El documental con IAg debería integrar procesos de supervisión ética en cada etapa de su diseño: desde el entrenamiento de modelos hasta la presentación visual de los datos, evitando replicar sesgos o borrar la procedencia de los testimonios.

En este reciente escenario, no puede perderse de vista el lugar del autor, incluso cuando las obras son producidas colectivamente o mediante tecnologías generativas. Como ocurre ya en algunas prácticas cinematográficas contemporáneas, los realizadores se enfrentan a la necesidad de fingir la realidad para poder revelarla, construyendo situaciones que, aunque escenificadas, portan una verdad más profunda. En estos casos, la imagen ya no documenta un hecho, sino que encarna la verdad del autor, su mirada y compromiso ético con lo representado. Por eso, en el documental también cuando media una IAg, sigue siendo vital preguntarse: ¿quién lo dice?, ¿de dónde viene esta mirada?, ¿qué se pretende mostrar o silenciar?

La inteligencia artificial generativa debe ser, entonces, una herramienta para ver la realidad desde recientes perspectivas, no para suplantar la responsabilidad del creador ni desdibujar el origen del enunciado. Mantener visible al autor y sus fuentes es fundamental para preservar la credibilidad del documental, especialmente en contextos donde la imagen puede ser fácilmente manipulada o generada desde cero.

Del lado de la recepción, el espectador ya no es solo un explorador de contenidos, sino un interlocutor en un sistema de relaciones inteligentes. Esta reciente posición demanda competencias específicas: alfabetización mediática, comprensión crítica del funcionamiento algorítmico y capacidad para discernir entre representación, simulación y manipulación. En consecuencia, se vuelve urgente implementar modelos educativos y curatoriales que acompañen la circulación de estas obras, proporcionando marcos interpretativos y herramientas para el análisis ético y narrativo.

Como propone Catherine D'Ignazio (2020) con su noción de una 'inteligencia artificial feminista', necesitamos imaginar tecnologías que no refuercen dinámicas extractivas, opacas o centralizadas, sino que promuevan relaciones abiertas, plurales y emancipadoras. Aplicado al documental, esto implica crear obras donde la IAg no reemplace la interacción del espectador, sino que la amplíe de manera crítica; donde la automatización no oculte las fuentes, sino que potencie la visibilidad del testimonio y de quienes lo emiten.

En suma, el paso de la interacción a la relación nos obliga a concebir el documental no como un producto cerrado, sino como un sistema relacional vivo, donde convergen subjetividades humanas y no humanas, dispositivos de representación y algoritmos con capacidad narrativa. Este reciente paradigma exige corresponsabilidad entre creadores, programadores, instituciones culturales y públicos. El desafío no es menor: diseñar experiencias documentales que mantengan su vocación ética y testimonial en un entorno de automatización intensiva, defendiendo el documental como espacio de encuentro, escucha y transformación social, incluso y sobre todo, cuando lo compartimos con máquinas. Así, el documental interactivo con IAg puede concebirse como una tecnopoética relacional, en la que lo técnico y lo estético se articulan para generar significados y vínculos críticos con el espectador.

Aston, J., y Gaudenzi, S. (2012). Interactive documentary: Setting the field. Studies in Documentary Film, 6(2), 125-139
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